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Las monarquías: entre la realidad y la ficción, ¿quién gana?

Actualizado: mar 13

La abnegada, comprometida, profesional y atractiva Meghan Markle de la serie “Suits”, nos ha sorprendido con su determinación de no pertenecer a la Casa Real inglesa y se lleva al bueno de Harry por el mismo camino.


Su huida de Buckingham Palace a Canadá, su rechazo a ciertas prebendas reales y su continua cercanía a los medios hacen sonar algunas campanas de arrebato y de confusión.


La Casa Real inglesa, con la admirable Reina Isabel II a la cabeza, no deja de tener profundas lacras y anacronías, como muestra a la perfección la serie de “The Crown”. Hoy no sabemos muchos aspectos del misterioso accidente y posterior fallecimiento de Diana de Gales en un túnel de París donde no abundan los contratiempos. También es cierto que aunque la sucesión le corresponde en primera línea al Príncipe Carlos, ver a un posible hijo de origen y rasgos egipcios de Diana y Dodi Al Fayed, no era del agrado de la realeza británica. Misterios de la historia que quedarán sin resolver.


Llama la atención que Meghan y Harry hayan acudido al programa de Oprah. La conductora obviamente estaba encantada con esta situación que ha dado vueltas por todo el mundo. Pero no se logra conciliar bien el deseo de silencio y retiro de la pareja con la aparición en el programa de mayor audiencia en los Estados Unidos. Harry es media man y Meghan una excelente actriz. Sabían perfectamente el revuelo que causarían con esta entrevista.


Parecería mucho más congruente con su alejamiento de la vida de la Casa Real inglesa, alejarse también de los medios de comunicación, por lo menos en los temas relevantes a la familia y su forma de vida.


Sabemos bien que en las monarquías, los reyes vigentes, la Reina Madre o los reyes eméritos siguen teniendo un peso fundamental en todo el desarrollo diario de la propia Casa Real. Basta preguntar a Leticia, (le falta todo para ser llamada “Reina”) por sus encontronazos incluso públicos con la Reina del saber, ser y estar: Sofía. No se puede entrar a una monarquía sin aceptar sus protocolos y reglas, explícitos e implícitos.


Meghan y Harry tienen todo el derecho de hacer su propia vida y ejercer una crítica de lo que consideren oportuno. La entrevista con Oprah tuvo 17 millones de audiencia, aproximadamente, es decir el tema interesó y se siguió.


Pero es importante establecer una idea crítica, para entender las situaciones reales de estas casas reales.


El caso de las infantas Elena y Cristina en España está siendo también paradigmático. Fueron a ver a Abu Dabi a su padre, el Rey emérito, que decidió residir en ese país para salvar la reputación de la casa real española, al estar inmerso en problemas económicos, fiscales y de amoríos. Nada que no se supiera, pero que la sociedad española decidió dejar pasar por los buenos servicios de unidad nacional y desarrollo económico prestados al país.


Las infantas emprendieron el viaje para visitar a su padre al país árabe y pasaron por el protocolo de vacunación exigido allí. El viaje se realizó con presupuesto del estado español. Los españoles de la edad de las infantas esperan con ansiedad ser vacunados entre abril y mayo, mientras las infantas han gozado de un privilegio al alcance de muy pocos y con presupuesto generado por impuestos. Aunque no han roto la ley, si han dañado la reputación y la confiabilidad que personas de su status deberían aportar.


La realeza es una institución del pasado, atávica, muy probablemente en claras vías de extinción. Sigue prestando, también es cierto, extraordinarios servicios a cada uno de sus países. La democratización del mundo y de la información, particularmente a través de los medios y de los social media, nos ha permitido ser más críticos con quien debería estar enfocado en ser buen ciudadano y contribuyente de honor al desarrollo interno y externo de su país. Es claro que las monarquías carecen en casi todos los países de funciones ejecutivas, pero no deben eludir su rol de representatividad y “ejemplaridad”.


La naturaleza de la monarquía radica en ser representante máximo de una nacionalidad, de una cultura, de una forma de ser. Es la realidad que deben entender las familias reales en pleno siglo XXI, para superar las ficciones de que como son seres superiores se les puede perdonar cualquier comportamiento.


Entre la realidad y la ficción en que por naturaleza viven estas personas y estas instituciones, gana casi siempre la cruda realidad.

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