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Percepciones

Resulta difícil concluir que la vida ha cambiado a fondo. Quizá sólo se ha transformado como casi todo en el mundo. Sin embargo el cambio sí nos ha alcanzado y nos ha sorprendido levantándonos apenas de la cama.


Ecomerce, global commerce, internet de las cosas, big data, transformación digital, 5G, educación on line..., todos estos temas ya casi convertidos en lugares comunes se han quedado a medias. No tenemos, por ser concretos, un internet eficiente en todo el mundo. No nos podemos comunicar por celular de forma económica en todo el mundo (Ver las facturas de celular cuando se viaja por ejemplo a Croacia o a Argentina) y hacer una transferencia bancaria con frecuencia implica horas de dedicación. Estamos en el tsunami del cambio pero no navegamos viento en popa a toda vela con soluciones determinadas que nos confirmen la ruta del cambio.

Hay que observar y decidir con atención para que el cambio sea real y no una creencia.

Si hoy preguntáramos sobre lo que significa la 5G, 7 de cada 10 personas señalarían que desconocen de qué se trata y de las implicaciones que conlleva. Y sin embargo ponemos en ello uno de los grandes hitos del cambio mundial.

Por otra parte vemos casos de éxito relevantes en el uso del ecomerce por parte de las plataformas de contactos como whatsapp. Siempre existen personajes hábiles que entienden lo que nadie entiende, lo sencillo que puede estar al alcance de la mano y en lo cual se puede añadir una pequeña mejora. Mejoras, avances, se perciben, cambios radicales no tanto.


Algunos ¨filósofos que persiguen las causas del mal en el mundo¨gustan de señalar a los medios y a los social media como los culpables de cuanto mal acontece en el mundanal ecosistema. Lo cierto es que lo que más nos aleja de los demás y de la calidad de vida es la falta de tecnología y de comunicación muy particularmente a través de una red eficiente de internet.

Recuerdo muy bien cuando en mi ciudad natal, Ávila, España, que en aquel no tan cercano 1970 contaba con la friolera de 35,000 habitantes, pusieron el teléfono en mi casa. Desde luego fue un gran cambio, pero en realidad era un pequeño paso. En México parece impensable porque en aquel entonces nosotros veíamos a este país como uno de los más avanzados del mundo, con televisión a color, coches de gran cilindrada procedentes de Estados Unidos y otro sinfín de avances tecnológicos. En ese 1970, sólo el 50% de los hogares de Ávila podía tener teléfono. Los demás cómo lograban comunicarse, cómo se saludaban, cómo interrelacionaban, cómo avisaban de un percance.

A nadie se le ocurre pensar que el teléfono nos pudiera alejar. A pesar de que nuestros queridas abuelas veían en él y en el fax, una quasi herramienta del averno. Lo único que alejaba a los ciudadanos de Ávila era no tenerlo, no poder comunicarse de forma eficiente e inmediata.

Todo indica que la diferencia social se ahonda hoy todavía más que en aquellos difíciles años. Desde la burbuja digital se puede dar discursos de la nueva normalidad y de los grandes aprendizajes del cambio, pero en México hay más de 50 millones de personas que batallan para llevarse una tortilla y unos gramos de frijoles a la boca, no digamos para estar al nivel de los demás por el acceso a internet de alto nivel y a la tecnología en general.


Conviene pensar en los puntos de partida y el cambio sustentable para el equilibrio de las sociedades. No se trata de regalar nada, sino de crear y construir la homogeneidad que nos permite competir a la misma velocidad, en la misma carrera y frente a la misma meta. Mientras no se invierta en tecnología, infraestructura, telecomunicación, energía, los canales de desarrollo sustentable no podrán conectarnos adecuadamente.

En estas dos últimas semanas he tenido la oportunidad de visitar Indiana, Illinois y Massachussets. En ambos estados se perciben diferencias sociales, agravadas por temas de salud, raciales, políticas y culturales, pero no tecnológicas. En pueblos de 1,000 habitantes todos los elementos de modernidad funcionan igual que en las grandes ciudades.

Al llegar a Culver, Indiana, un pueblo de 1,353 habitantes nos encontramos con la llegada de un tornado. La casa que habíamos rentado por airbnb se quedó sin luz por la caída de un transformador. Lo relevante es que en internet se podía ver el avance continuo de la empresa de energía encargada de solucionar el problema. Cada hora mejoraba la situación y recibíamos un aviso de la solución. ¿Qué habría sucedido en México en un pueblo de estas dimensiones? Si el coronavirus no cambia esto, entonces no hemos cambiado realmente.

El análisis desde la burbuja no responde a la realidad de una sociedad moderna y sustentable. El tsunami nos ha inundado pero no ha logrado cambios realmente esenciales.

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